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  • Diez años sin él

    Diego

    Era un 25 de octubre. Hace diez años. Justo diez años. Sábado. Boca visitaba a River. Era el Boca de Maradona, de Diego la Torre. El Boca de un emergente Juan Román Riquelme. Ahora es, posiblemente, uno de los días más tristes del fútbol argentino. Significó el adiós del Dios, el último partido del hombre que nació pegado a una pelota de cuero, del chiquitín potrero que levantó a un país con su pillería, con su raza y calidad, con esa habilidad divina, esa habilidad que nunca hemos vuelto a ver. Y que seguro no veremos.

    En aquella época Maradona estaba de vueltas y con una sanción por positivo en un control antidoping acechándole. Pero Boca lo tenía en su regazo. Porque Boca no podía dejar de lado a su mito. En aquel Superclásico Héctor Veira le ponía de titular. Diego saltaba al campo, saludaba a su amigo Ramón Díaz, con el que comenzó a descubrir la gloria en aquel Mundial sub 20 de Japón, a finales de los setenta. Su amigo Ramón, gloria de su enemigo River, que ahora ya se dedicaba a los banquillos con espectacular éxito.

    Maradona no hacía su mejor partido. Le costaba correr, estaba tocado, jugaba medio lesionado. River bailó a Boca en el primer tiempo. Por eso Veira habló con el Diez en el descanso. Le propuso el cambio por el bien del equipo. Y aceptó. Le sustituyó un joven que a penas comenzaba a andar. Se llamaba Juan Román. Y ahora es otra gloria Xeneize.

    Boca levantó el encuentro, con un golazo de Latorre, picándola al estilo de su ídolo, del ídolo de todos. El 1-2 lo puso Martín con la testa. La locura estalló en la parcialidad visitante. Terminó el encuentro y Diego saltó al césped sin camiseta para recordar a los hinchas millonarios que habían mordido el polvo. Lo hizo usando dos dedos de la mano izquierda y una de la derecha, con un gesto que todavía hoy no se puede olvidar (ver en la foto).

    La alegría le rebosaba, pero la presión era mucha. El positivo de antidoping en un partido ante Argentinos a finales de agosto, los rumores que daban a su padre por muerto, la baja forma… Eran demasiados hándicaps a superar y por ello decidió dejarlo con ese sabor a victoria que siempre coexistió con él. Cuatro días más tarde de aquel Superclásico Diego anunció su adiós. Aquel día cumplió 37 años. Desde entonces la pelota ya no es tan dulce. Echa de menos al que mejor la trató.

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