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  • Postales desde new york. Hasta la 7

    Postal 1

    por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    Saludos para todos desde Nueva York.

     

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    ¡Hasta la próxima!

     

     

    Postal 2

     por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    ¿Cómo llegamos aquí? Resulta que hace algo más de un año, a Q le encargaron el trabajito mejor pago de su vida. Pero no se trataba de matar a nadie sino de participar en el proceso de selección de un cineasta joven para la Fundación Rolex. La tarea consistía en formar parte de un comité que se reunió en Ginebra y previamente proponer candidatos y revisar antecedentes. Después eran tres días en Suiza con pasaje business y todo pago (incluidas las extras en un hotel bacanazo) aunque no hacía falta, porque los honorarios eran más o menos los que Q gana en un año de escribir todos los domingos en Perfil. Alguien dirá que sus columnas no valen ni la mitad de lo que le pagan, pero el trabajo para Rolex no era, en todo caso, mucho más calificado. Por las dudas, en el pago no venía incluido ningún reloj (aunque los premiados sí ligan uno).

     

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    Para colmo, el asunto venía con yapa. El anuncio de los ganadores del programa mentor-protegé de la Fundación Rolex para las Artes (el asunto incluye cine teatro – música – danza – literatura, etc.) se hace durante una fiesta en NY, a la que se invita incluso a los seleccionadores, en este caso Q, también con pasaje business y hotel top por dos noches. Pero, dado que están próximas sus bodas de plata, a Q se le ocurrió invitar a F, para lo cual le pidió al tío Rolex que le cambiara un pasaje business por dos en turista, a lo que el tío accedió. Y también les pidieron a los amigos Bruni Burres y Kent Jones que los alojaran tres días en la casa después de la ceremonia. Así fue como aparecimos en NY en este noviembre más bien frío y con precios que exceden completamente nuestra capacidad de gasto. Pero quién nos quita lo bailado, aunque todavía no bailamos.

    El viaje en AA (las dos A son de American Airlines, pero podrían ser tres A, dada la tortura que representan sus servicios como los del resto de las compañías aéreas) fue insoportable (hasta cobran las bebidas a bordo, cinco dólares por una minibotella de vino), pero llegamos casi sanos y salvos a JFK a las seis de la mañana. Después de una hora de cola en migraciones (donde nos encontramos con Alan Pauls que venía a la presentación de una revista donde hay un texto suyo y con el que hablamos cuando las vueltas de la cola nos enfrentaban), aduana, etc., un polaco nos recibió con un cartel de Rolex, nos saludó y nos depositó en un cochazo negro conducido por un armenio que nos condujo al Jumeirah Essex House, un hotel que, por sus otras sucursales parecería propiedad del emir de Dubai. Estamos en NY y nadie parece haber nacido aquí, ni siquiera en los EE.UU. Aunque nuestra habitación da a un tragaluz, el lugar queda frente al Central Park, a unos metros del Plaza. La diferencia entre uno y otro hotel es notable. El Plaza está en restauración pero basta ver los cielorrasos por la ventana para distinguir entre el lujo absoluto y el medio pelo en el que estamos, aunque solo un millonario (o, por supuesto, un invitado corporativo) se paga una habitación aquí. La pieza no está mal y tiene algunos detalles curiosos, como que la luz se enciende sola cuando uno entra y se apaga de a poco, elegantemente. La cama es enorme, el televisor es gigante y la internet cuesta 45 dólares más impuestos por una semana (en Viena eran 100 euros) que pagaremos gustosos para poder comunicarnos con los lectores de LLP. Menos gustosos pagaremos el desayuno para dos a 75 dólares (sin caviar). Pero, en realidad, no sabemos si el tío nos pagará los gastos extras o no. No nos pidieron la tarjeta de crédito al llegar, lo cual es una buena señal. Pero el suspenso se mantendrá hasta el martes al mediodía (los tipos no te dicen que te pagan las extras, supongo que para evitar los excesos).

    Al llegar nos encontramos con que había una serie de actividades programadas, como ir a escuchar una conferencia o ver los espectáculos de música y danza de los premiados. Pero preferimos (hace como diez años que no veníamos a NY) dar una vuelta por ahí. Empezamos naturalmente por el Central Park, que nos queda enfrente y presentaba su típico aspecto de los domingos: gente de todas partes caminando y sacándose fotos (unas dieciséis parejas rumanas, tailandesas, colombianas nos pidieron que les tomáramos una foto) y los locales patinando en la pista de hielo y haciendo otras actividades. El aspecto del parque les hacía recordar a F y Q otro parque en 1987, el Gorki de Moscú en la entonces Unión Soviética en un radiante día de primavera. Pero aquí hacía frío, cerca de cero centígrados, aunque el paseo fue muy agradable.

    La oferta de espectáculos en NY es abrumadora. Por ejemplo, nos recomendaron ver Rock and Roll, la última obra del dramaturgo Tom Stoppard, entre otras cosas, pero nos da una especie de fiaca. El espectáculo más interesante está en la calle. Y también el dinero es un espectáculo en sí mismo. Hoy bajábamos en el ascensor con una pareja de mediana edad y nos daba la impresión de que la ropa que tenían encima no costaba menos de… no sabemos… ¿Treinta mil dólares? La gente, los autos, los edificios, todo es impresionantemente caro, lustroso, ostentoso. Es muy divertido desde el momento en el que se lo mira decididamente desde afuera. Es cierto también que NY tiene esa rara característica de estar cambiando a cada rato y que, además, uno dobla la esquina y pasa de una cuadra de departamentos de lujo a otra de tugurios sombríos. Hoy le preguntamos a la conserje del hotel por una librería-disquería y nos dio dos posibilidades, pero nos indicó que una era “más civilizada”, queriendo decir que en esa no nos encontraríamos con gente pobre. Otra que el medio pelo de Jauretche, al que está de moda nombrar en la Argentina.

     

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    Pero una ciudad es también lo que uno come en ella. A la larga, el sabor es el sentido que más perdura en el recuerdo. Por supuesto que en NY hay restaurantes de todos los tipos y unos cuantos de los más caros del planeta. Y también es cierto que el presupuesto no da más que para el escalón inmediato superior al de los panchos por la calle. Pero en ese rango, también hay experiencias culinarias memorables. Ayer, sin ir más lejos, empezamos por el desayuno que fue muy caro; pero por muchísimo menos se consigue la maravillosa combinación de huevos fritos con papas y panceta y/o salchicha, invento anglosajón tan importante como la revolución industrial y que, bien preparado (y con los huevos “over”, es decir hechos de los dos lados), justifica un viaje a estas latitudes, aunque el hígado no lo agradezca.

    Otro local culinario excepcional es el de esos bares-restaurantes muy angostos, con unas pocas mesas pegadas a la pared y otros asientos en la barra, en los que se sirven hamburguesas y otras especialidades según el origen étnico del dueño. Ayer, fatigados por nuestro paseo en el Central Park, nos tocó uno en Madison Avenue de un griego, aunque los mozos (precisos, rápidos, simpáticos) hablaban una docena de idiomas. Se servían allí especialidades mediterráneas y ensaladas, fruta fresca y otros entremeses ligeros. F tomó una sopa pero Q se fue a la clásica hamburguesa casera: jugosa, abundante, perfecta, mucho mejor que el bife malo que se consigue entre nosotros en un lugar de categoría equivalente. A la noche, para que no les agarrara hambre a la madrugada, F y Q optaron por una pizzería ínfima en la calle de atrás del hotel (la 58). Allí degustaron una finísima (el grueso del pan es el de un papel) pizza de muzzarella, pollo y ajo. Otro hallazgo culinario de precio bajo. Hoy mismo, para matar el hambre después del mediodía, la opción fue un japonés barato: nada de sushi (se lo dejamos a Lombardi) sino los fideos con cerdo que se conocen como Ramen. También espectaculares y todo en un rango entre 15 y 20 dólares los dos, lo que no está lejos de ser un regalo para bolsillos argentinos, pero lo suficientemente sabroso como para agasajarnos en nuestro 25 aniversario juntos.

    En la próxima entrega, lo que ocurrió en lo del tío Rolex.

     

     

     

    Postal 3 

    por Flavia y Quintín

    De pasada para una cena escribimos esta postal a las apuradas. Desayunamos en Le pain quotidien. Es un lugar un poco tilingo, donde el café se toma en unos tazones sin asa, lo que ya sería razón suficiente para no entrar. Sin embargo, sirven allí una canasta de panes orgánicos (sea eso lo que fuera) y té orgánico y mermelada orgánica. Pero el pan era realmente incomparable según Q aunque no mejor que el de Viena según F. Primero nos aturdió el ruido de la séptima avenida, su polución sonora (aunque mucho menor que la de Buenos Aires) y visual con publicidades de tamaño cada vez más monstruoso. La mañana se fue paseando por el midtown. Era Tokio pero sin el silencio. Luego, la nostalgia nos llevó a la extraordinaria Gran Central Station, cuyo hall es de una belleza retro sobrecogedora, solo empañada por una bandera americana de tamaño también monstruoso que colgaba de la cúpula. Volvimos al hotel por la más tranquila Park Avenue aunque un incidente interrumpió la caminata: un local de grandes paredes de vidrio en el que yacían cuerpos de animales deformes en una especie de incubadoras, a los que se alimentaba con suero en una atmósfera que recordaba a la de un hospital. Le preguntamos al encargado de vigilancia y nos contó que era una exhibición artística. Contagiados del espíritu de Rodríguez Felder, huimos despavoridos. F se negó incluso a testimoniar el adefesio mediante una foto, alegando que le iba a arruinar la cámara.

     

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    A la tarde paseamos por Brooklyn Heights, guiados por un residente de la hermosa zona suburbana: el periodista Hernán Iglesias Illa, al que hoy conocimos personalmente tras haber compartido los tiempos de TP y con el que Q mantiene homéricas disputas futbolísticas. El tema Riquelme no se tocó y la jornada transcurrió armoniosa y placenteramente.

     

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    Iglesias vino aquí siguiendo a su esposa rusa, a la que no tuvimos el placer de conocer. Pero nos dio mucha curiosidad, ya que la chica empezó siendo doctora en física en las estepas para después ganarse la vida como diseñadora gráfica, bailarina de tango y decoradora, entre otras profesiones.

     

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    Pero la anécdota del día ocurrió en un pequeño café de Brooklyn en el que paramos a reponer energías. Otra cliente del local, una negra hermosa y estilizada de origen californiano, reconoció nuestro acento, nos saludó y nos dijo que ella había trabajado en la Argentina y que había vivido en Barrio Parque. Dónde trabajaste preguntamos. En una película de animación respondió. ¿Cuál? Patoruzito, porque era la novia del dueño (sic), el Corcho Rodríguez. Pero ahora lo dejé, tiene muchos problemas. Pero estoy saliendo con otro argentino. Ah sí, ¿también famoso? No tanto, pero el padre sí. El apellido es Rohm. Sí, ya sé, mis amigos me dicen que no tengo que salir con estafadores. Pero me gustan los argentinos. Me llamo Rosa, o Rose si prefieren, terminó diciendo.

     

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    Les debemos para mañana la crónica de la jugosa jornada Rolex de ayer que requiere más tiempo. También agradecemos las recomendaciones de los lectores sobre el NY bueno y barato.

     

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    Postal 4 

     

    por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    La gente es rara. ¿Cómo habrán hecho F y Q para estar casados 25 años? F odia las fiestas, Q las adora. F es ermitaña, Q sociable. Y así siguiendo. Los seres humanos son impredecibles. Todo esto viene a cuento de la gala de Rolex del lunes. F se vestía a regañadientes con un vestido negro largo de hace más de veinte años y Q se ponía su también viejo traje negro. F gruñía y Q estaba excitado. Comida, gente, posibles encuentros. “Uff”… se lamentaba la amarga F y decía; “¿No me puedo quedar en la cama king size de este hotel de lujo, darme un largo baño y leer o mirar la tele?” Q se enfurecía y le rogaba que lo acompañara. Así que, como se quieren y siempre tratan de acompañarse, la elegante pareja salió para la fiesta. Los subieron a un micro para ir al New York State Theater, en el Lincoln Center. Hacía frío y había que hacer cola en la calle para la asignación de la mesa. Les otorgaron la mesa 20. Pero, antes de la cena, había un cóctel. Mucha gente de pie, gente fea, mal vestida, algunos pocos agraciados, mucho ruido. Q comía todo lo que veía pasar y tomó varias copas de champán. Lo que más le gustó eran los bocaditos de langosta. F buscaba desesperada un lugar tranquilo donde poder respirar. Y lo encontró junto a al señor que vendía entradas para la ópera. El hombre estaba en su sitio detrás de una ventanilla pese a que, durante este evento, no iba a vender ninguna entrada. Le preguntamos qué se suponía que hacía sentado en su puesto de trabajo. Y nos dijo que, cuando nos fuéramos a la cena, él continuaría vendiendo tickets. OK. Todo muy gringo.

    El día Rolex había empezado temprano (como todos los días). A la mañana hubo un desayuno de bienvenida en el piso 36 del Hotel Mandarin Oriental que sonaba atractivo por el nombre del lugar, que queda en Columbus Circle, a dos cuadras del Essex. Hace unos poco años, Columbus Circle era la nada, pero ahora construyeron allí el complejo Time – Warner, que viene con un mall abajo (nada muy diferente al Alto Palermo) y edificios arriba. El Mandarin está en uno de ellos y el piso 36 es en realidad el primer piso, porque la recepción está en el 35. Las habitaciones empiezan de allí para arriba, probablemente hasta el infinito. En el Mandarin se alojaron los invitados VIP de la gala y parece un lugar de gran lujo (aunque muy barroco, muy oscuro y más bien siniestro), pero el desayuno tuvo lugar en uno de esos salones estandar e impersonales que se alquilan para reuniones de negocios. Había unas buenas salchichas, sin embargo. Allí fueron llegando los invitados de The Rolex Mentor and Protégé Initiative, que así se llama el evento que nos convoco a Ginebra primero y ahora a NY.

     

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    EL asunto es así. Cada dos años (desde hace cuatro), Rolex convoca a un proceso de selección de un artista joven en distintas disciplinas: cine, teatro, literatura, artes visuales, danza y música. El premio es convertirse en un “protégé” de un “mentor”, es decir un artista más consagrado que lo adopta como estudiante (en una modalidad a definir) durante un año. Para el proceso de selección se convoca a un comité de “nominadores” (ahí entró Q) que propone candidatos tratando de respetar las líneas directrices que el mentor propone previamente. El comité de nominadores, tras discutir una treintena de nombres por sus antecedentes y por la presentación filmada que cada uno hace de sí mismo, propone finalmente una terna o un cuarteto y de allí, tras entrevistar a cada uno, el mentor elige al que será su protégé. En el caso de cine el mentor fue esta vez Stephen Frears que solicitó candidatos que fueran jóvenes pero no principiantes, que hablaran buen inglés, que fueran inteligentes, articulados y que tuvieran sentido del humor. Así fue como el peruano Josué Mendez, director de Días de Santiago fue electo para ser el protegido de Mr. Frears. Los resultados se anuncian en una cena en algún lugar del mundo, que resultó ser, por segunda vez, la ciudad de NY. En realidad, como el lector habrá imaginado, toda esta complicada parafernalia no es otra cosa que una gran operación de marketing tendiente a instalar a Rolex en el mundo de las artes para darle lustre a la imagen de la compañía. Uno puede calcular en varios millones de dólares el gasto que, en definitiva, beneficia apenas a seis artistas cada dos años con algo que puede resultar un premio como también una molestia. Por ejemplo, el mentor anterior de cine fue Mira Nair, y no está muy claro qué es lo que un joven cineasta puede aprender de ella salvo técnicas de relaciones públicas, como veremos más tarde.

    Rolex tiene dos tácticas para que el proyecto luzca serio. Una es el seguimiento permanente de los encuentros entre mentor y protegido, que son filmados exhaustivamente. La otra es la creación de una especie de “Familia Rolex para las artes”, en la que se trata de tener atrapados a mentores y protegidos no solo durante el año de su actividad específica sino para el futuro. Se trata de llegar a tener, en algún momento, algo así como ”artistas Rolex”, identificados de algún modo con la corporación. Allí es donde entra, incluso, el regalo de relojes. Cada protégé recibe, además de un dinero en cash, un reloj que cuesta 25.000 dólares. Los mentores, en cambio, ligan uno de 50.000 (además de otros 50.000 en cash). No habría nada que objetar en principio, pero a esta gente siempre se les escapa el mal gusto de la presión corporativa: uno de los protégés nos contó que alguien de la empresa le sugirió antes de viajar a NY que “querían verlo luciendo el Rolex en la muñeca”.

     

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    Josué Méndez y señora

     

    Uno de los mimados por Rolex es Federico León, director de teatro y de cine argentino, al que las chicas de Rolex le festejan todo. Cuando Q fue a Ginebra, se dio cuenta de que León era para ellas un ejemplo de artista genial. Fue protégé de Bob Wilson hace dos años; le editaron un libro y ahora participó en un par de conferencias. Es posible que León sea un tipo muy talentoso, pero esta gente admira incluso su abominable film Estrellas. En fin, León estaba en el desayuno donde también había otra gente más o menos conocida de F y Q. Uno de ellos era Marco Müller, muy contento porque, en una decisión sin precedentes lo habían confirmado como director del festival de Venecia durante seis años más. Pero el desayuno era muy aburrido. F se escapó al ratito. Q se quedó charlando con un español, protégé de música de la ronda anterior, un tipo simpático con el que se pusieron a adivinar de qué disciplina eran los otros comensales. Les quedó claro que un grandote de barba no podía ser más que pintor y que unas mujeres muy producidas e histriónicas (pero informales) debían ser de teatro.

    Y ahora volvamos al cóctel. Casi sobre la hora de comienzo del banquete llegaron nuestros amigos Bruni Burres y Kent Jones. Bruni estaba espectacular con un tapado con cuello de piel y aros de Casablanca, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Nos besamos, nos saludamos con mucho cariño. Es maravilloso encontrar caras verdaderamente amigas en tierras extrañas. Después de los abrazos planeamos cómo sería nuestra mudanza al día siguiente. Bruni y Kent habían planeado dejarnos su habitación y agasajarnos con una cena en su casa. De la mano de Bruni, F se dirigió hacia el salón de la cena. No nos había tocado la misma mesa. Nosotros estábamos en la 20, ellos en la 24. La mesa 20 era rara. A la derecha de F estaban Josué Méndez y su mujer. A la izquierda de Q estaba la mujer de Carlos Saura, a continuación Carlos Saura, luego la hija de Carlos Saura y un par de personas que no conocíamos. Saura es una persona muy amable, también su mujer Eulalia. Ni bien nos sentamos comenzaron a hablar con Q, que le dijo algo así al director (que es parte del board de Rolex y que era la tercera vez que iba a esa cena): “Usted no se debe acordar. Pero nos conocimos hace como 10 años acá mismo en el Lincoln Center. Usted presentaba Flamenco y, al final de la película, me acerqué para decirle que me había gustado mucho. También le dije que era una lástima que no se pudiera hacer algo con el tango, porque se había roto la continuidad entre las generaciones de artistas y lo de hoy era muy pobre. Al poco tiempo me enteré de que usted estaba filmando Tango, una película que me pareció detestable. Siempre pensé que yo era en una mínima parte culpable al haberle sugerido la idea.” Hay que reconocer que Saura se lo tomó bastante bien y replicó que Tango era una de sus películas que más quería, que el tango no estaba muerto, etc., etc. Luego le comentó a Q que Morelli lo había invitado al festival de Pinamar y le preguntó qué tal era. Q, siempre fiel a la verdad, le contestó que era artísticamente nulo pero una buena oportunidad para pasar una semana en una playa tranquila.

     

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    El CEO pelado

     

    La cena, como dijimos, era apenas una excusa para la presentación de los premios. Por eso, seguramente, la comida fue verdaderamente espantosa: la entrada, el plato principal y el postre. El vino era lo único a lo cual aferrarse, pero encima había que llamar al mozo para conseguir que a uno le volvieran a llegar la copa. Pero el menú de discursos era aun más indigesto. Entre plato y plato hablarían los seis mentores y los seis protegidos, más un film dedicado a cada una de las colaboraciones entre ellos. Pero hubo un número bizarro a cargo del CEO de Rolex, Patrick Heiniger, un pelado con cara de loco, que tenía aspecto de mal cómico de la tele contratado para la ocasión. El tipo arrancó con “As you know, time is our business” y lanzó una risotada. Los suizos tienen fama de aburridos y estrictos pero hay unos cuantos que están muy chiflados.

     

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    Frears y Méndez

     

    Luego se inició la maratón de presentaciones. Arrancó Pinchas Zuckerman, mentor de música al que le tuvieron que traer una carretilla para el ego, ya que no le cabía en la tarima. Otro que lanzaba risotadas y decía cosas sipmáticas como “Lo que yo sé de verdad es enseñar. Tocar, toco de vez en cuando.” Jo, jo, jo (otra risotada). Después vino el grandote de barba que habíamos visto en el desayuno. Resultó efectivamente un pintor llamado John Baldessari, que parecía un chanta de campeonato. Su discípulo era un uruguayo llamado Alejandro Cesarco. Y luego fue el turno de la danza, donde la coreógrafa (¿belga como Le pain quotidien?) Anne Teresa De Keersmaeker presentó al bailarín y coreógrafo togolés Dodji Sanouvi. La rubia y el rasta hicieron un buen número. Se notaba que una gran pasión había nacido entre ellos, especialmente por parte de la mujer madura. Calentura y todo, el acto destilaba gran sinceridad.

    Eso de subir a agradecer delante de 700 personas no es ningún chiste. Crea una tensión tremenda. Federico León nos contó que cuando tuvo que hablar hace dos años, al otro día se levantó con una alergia en todo el cuerpo. El problema es cómo evitar caer en lo de “gracias a Rolex que hizo este milagro posible”, ya que por un lado la compañía ha invertido un montón de plata en cada uno que sube a la tarima. Pero, por el otro, aparecer en público como un monigote corporativo no es lo que un artista más desea en la vida. Además, hay presiones del momento. Como el discurso del bailarín togolés había sido muy largo, el CEO pelado ordenó que todo el mundo acortara los suyos de ahí en más. Llegaban entonces los emisarios del CEO a decirle a los premiados que la hicieran corta, situación altamente incómoda. Consciente de estas cuestiones, Stephen Frears, que debía hablar después del plato siguiente, se paseaba nervioso debajo del escenario. Pero lo suyo tuvo clase. Fue el único que no nombró a la empresa y se refirió, en cambio y con sorna, a “Mister Rolex.” En el discursó de Frears se notó que él y Méndez la pasaron bien trabajando en la nueva película del peruano. Frears exigió que se encontraran en Machu Pichu. El señor Rolex cumplió. Méndez dice que Frears es un bun maestro, que fue muy generoso y dedicado y que es muy inteligente. Que, además, cuando aceptó ser mentor creía que su carrera estaba acabada. Pensaba que La reina iba a ser un fracaso y que nunca más iba a filmar una película. Que se iba a retirar a los 65 años. Pero La reina fue un éxito mundial.

    Faltaban solo dos presentaciones. Una fue la de literatura, donde el mentor fue el marroquí Tahar Ben Jelloun y el protegido otro togolés, Edem Awumay (es el año de los togoleses, pensó Q, acá faltaría solamente Emmanuel Adebayor, el delantero del Arsenal de Londres). Si Ben Jelloum hubiera pronunciado su discurso ante un auditorio ligado a las letras argentinas, hubiera producido varios infartos cuando comentó que como parte del entrenamiento, dsicutió con su discípulo a los grandes escritores del siglo XX: Joyce y Sábato. Sí, dijo Sábato, porque después el discípulo lo volvió a mencionar. Qué nos cuentan… Otro triunfo argentino.

    Al final venía el número más desagradable. Las dos minas producidas del desayuno resultaron ser Julie Taymor, que no sabemos qué hizo en teatro pero en cine dirigió la biografía de Frida Kahlo con Salma Hayek (que no vimos) y su protegida Selina Cartnell. Mientras los otros premiados improvisaban o leían (en el caso de los que no hablaban bien inglés), estas dos recitaron una cosa aprendida de memoria, como cuando presentan los Oscars y alguien dice genialidades tales como “el guión es el arte de poner palabras en un papel para después filmarlo”. Para colmo, Taymor mencionaba en cada frase la palabra “entretenimiento”. No parecía gente seria, sino más bien parte de esos talentos ruidosos y maleducados que molestan por el mundo.

     

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    La rubia, Mira Nair, Scorsese y la pelada de Kent Jones

     

    Para terminar, antes de que el pelado subiera nuevamente a lanzar un par de risotadas y cerrar la ceremonia, se anunció quiénes iban a ser los próximos mentores. Mira Nair subió al escenario y volvió a mostrar sus dotes de madrina de Rolex y protectora de los artristas jóvenes. Para el final quedó el más famoso de los nombres: Martin Scorsese, que fue recibido con una ovación. F y Q coincidieron en que Scorsese estaba bastante viejito y, al mismo tiempo, bastante más digno que su colega Coppola. El hombre había llegado en medio de la cena para sentarse en la mesa principal (advertido de lo que sucedía, llegó comido). Al instante, la mujer del pelado, una rubia que se dedicó toda la noche a apretar celebridades, abandonó a Liam Neeson y comenzó a acosarlo a Scorsese, que no sabía muy bien donde meterse. Pero no hay duda de que un director de esa trayectoria sigue siendo una figura mística que posee un aura especial. El cine sigue siendo el cine pese a todo, aunque las películas ya no se vean en el cine sino con el método NetFLick de alquiler a domicilio que ha revolucionado las costumbres americanas en la materia.

     

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    Marty y todas las minas

     

    Y eso fue casi todo. A la salida regalaban unas bolsas llenas de videos (La reina de Frears, entre otros) y bombones que F y Q se llevaron como compensación de una noche difícil. Otros comensales repudiaban directamente los regalos. Ya habían tenido suficiente de Rolex para los próximos meses. En fin, como decía Groucho Marx, pasamos una velada inolvidable. Pero no fue esta.

     

     

    Postal 5

    por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    Sorpresas te da Rolex. Resulta que nos estábamos preparando para la mudanza a lo de Bruni y Kent cuando vimos un sobre con el ya familiar logo dorado de Rolex bajo la puerta. Lo abrimos y decía que el chofer armenio nos pasaría a buscar el miércoles a la tarde, o sea que nos echaban de NY dos días antes, o que podíamos quedarnos en el hotel una noche más. Q fue a preguntar y resultó que nuestra reserva en el hotel era hasta el viernes y que —dijo la suiza que nos atendió— como en su planilla decía eso, podíamos quedarnos todo el tiempo en el hotel de medio pelo para Q y de super lujo para F. Así que, sin dudarlo y saltando en una pata, llamamos a nuestros anfitriones neoyorquinos, a quienes imaginábamos limpiando la casa a todo vapor, para avisarles que estaban liberados de la pesada carga de nuestra presencia durante tres días pero que, igualmente, esa noche iríamos a cenar tal como estaba previsto. Hay que aclarar que Q sigue nervioso. Teme que el viernes, antes de irnos, nos pidan que paguemos la cuenta… Y ya no queda nadie de Rolex en los alrededores para reclamar. El suspenso durará hasta el viernes a la tarde. F trata de calmarlo pero no se puede. Cada signo es interpretado como un augurio. Por ejemplo, ayer no podíamos entrar a la pieza porque las llaves-tarjeta habían caducado, pero Q pensaba “¡Zas, nos agarraron!”

     

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    Hoy es jueves. Llueve y, como es natural, tenemos que hacer un flashback para pasar a relatar la velada en lo de Bruni y Kent que transcurrió el martes por la noche. Caminamos hasta Columbus Circle y tomamos el subte. Nunca vimos un train con gente tan paqueta. Además, eran casi todos blancos. A las 20.30 llegamos al departamento de nuestros amigos, situado en la 106 y Broadway. Kent estaba cocinando risotto. Bruni, bañándose. No saben la colección de DVDs que tiene Kent. En realidad, nadie debería sorprenderse por esto. Es más que imaginable dado que el hombre es uno de los más afamados críticos de cine del mundo y, como si esto fuera poco, amigo y colaborador de Scorsese, un gran coleccionista de cine. Pero lo que sí era inimaginable porque nunca habíamos visto algo semejante es su televisor. Kent tiene la tele más grande del mundo. Hoy a la noche (jueves) haremos uso del magnífico aparato para ver su flamante película sobre Val Lewton.

     

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    Pero volvamos a la cena. Bruni salió con el pelo mojado del baño. Nos besamos y empezamos a parlotear. Kent transpiraba mientras revolvía el risotto, ponía la mesa y ayudaba a sus dos hijos a hacer los deberes. Los niños son de Kent, no de Bruni. Por lo que vimos, la vida de un padre divorciado en Manhattan parece muy complicada. Para colmo, al día siguiente, el laborioso Kent se tenía que levantar a las 6 de la mañana para llevar a los chicos al colegio en Brooklyn. Cuando Kent logró terminar con todo, nos sentamos a la mesa y comimos el risotto acompañado por una ensalada de rúcula y lechuga violácea, y, de postre, helado Häagen-Dazs  y alfajores Havanna (Bruni es una argentina honoraria). Además, durante la cena se degustaron los vinos que F y Q llevaron de regalo, una botella de Miguel Escorihuela Gascón y otra recomendada por los empleados del duty free llamada Henry que resultó ser la mejor. Obvio que F tomó solo agua y nuevamente vio cómo se alegraban, con el correr de las agujas del reloj y del vino en las venas, sus compañeros de mesa.

     

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    Hablamos mucho. F le preguntó a Kent si Scorsese estaba casado y si tenía hijos. Ella creía que era un tipo recluido como Howard Hughes. Kent respondió que Marty iba por su quinto matrimonio, que ahora estaba casado con una mujer de su edad (65 años) y que tiene 3 hijas. Una de cuarenta y cinco, otra de no nos acordamos cuántos y la menor, que tuvo con su última mujer, de 8 años. Y Kent agregó: “You know. These things can happen nowadays.” Qué raro, ¿no? Tener un hijo a los 57 años. Pero F se sintió aliviada al enterarse de que Scorsese no anda tan escondido. Si tuvo tantas mujeres e hijos, algo debe haber salido a la calle, pensó. F se olvidó de preguntarle a Kent sobre Bob Dylan. Esta noche. El hijo mayor de Kent nos mostró orgulloso el libro de Crónicas de Dylan autografiado por nuestro héroe. El risotto estaba delicioso y comimos mucho. Pero, dado que todos estaban tan ocupados, a fin de no molestar a nuestros amigos, nos fuimos a eso de las 23.30 horas. Habíamos caminado mucho durante todo el día y estábamos agotados. F y Q se quedaron dormidos antes de llegar a la cama.

     

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    F está enamorada de una pantalla que tiene en su mesa de luz. Es una mini computadora que regula todo lo que hay en el dormitorio: luces, calefacción y que, además, la conecta con todos los servicios de este hotel de mala muerte (según Q). Pero esta mañana, su dulce aparatito que se ilumina ni bien uno lo toca, se descontroló. Ahora solo regula la calefacción. La pieza es muy extraña. Cuando uno sale de la cama, se encienden automáticamente unas luces bajo las mesitas de luz para que uno pueda, por ejemplo, ir al baño sin tener que prender el velador. Sí, claramente, es un hotel para pobres pelagatos. Además tenemos un televisor plano de no sé cuántas pulgadas, pero muchas. Otro detalle de pobreza. Y en el lobby hay tiendas donde judíos ortodoxos (aunque la cadena parece árabe) venden joyas, restaurants de lujo y otros signos de indigencia .

     

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    Mientras Q terminaba de escribir la crónica de la gala Rolex, F se fue a pasear de nuevo por el Central Park. Como era un día de semana, lo encontró muy distinto. Había poca gente. Predominaban los fotógrafos solitarios que retrataban el otoño. Pero también había fotógrafos profesionales que enfocaban a unas chicas vestidas de amarillo contra un árbol del mismo tono. Caminó muy contenta durante más o menos una hora por el otoño rojo, verde, dorado y amarillo del lugar más democrático de Nueva York (como dice una guía, el parque y el subte son los únicos lugares donde no hay desigualdad).

     

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    La verdad es que Manhattan nos pone un poco nerviosos. Hay demasiadas cosas. Ayer hicimos un paseo que comenzó en Washington Square, el corazón del Village, continuó por el East Village, Little Italy y Chinatown.

     

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    ¡Ah!, nos estábamos por olvidar de algo. Antes de empezar el paseo Q cumplió con Dedalus y se comió el famoso sandwich de pastrami caliente en Carnegie Deli, en la séptima avenida y la 55. Nos preguntaron si lo íbamos a compartir. Pero F todavía no tenía hambre así que pidió solo un té. La moza nos recalcó que si F quería dar un mordisco al monstruoso sandwich ¡tenía que pagar 3 dólares! Nos pareció un gesto muy poco distinguido. Q luchó contra el inmenso pastrami y casi muere en el intento. Pero, pese a que puso todo su empeño, no pudo terminarlo. Le pareció un ejemplo de monstruo-comida yanqui y ahora sostiene que comer pastrón caliente es una herejía que puede destruir el estómago más fuerte. Las maldiciones a Dedalus se escucharon hasta bien entrada la tarde. Y además, seguía repitiendo Q como un maníaco, ese lugar era infame, caro, mal atendido y agresivo. Cuando Q, pesado y temeroso de las consecuencias del primer exceso del día, logró levantarse y salir a la calle nos encaminamos hacia el subte en dirección a Washington Square.

     

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    Paseamos por el Village con su casas rojas, NYU por todos lados y sacamos fotos. Era tarde y a las 4.30 ya se pone el sol. Luego pasamos al East Village. Para descansar un rato paramos a tomar algo en el Whole Foods Market, un sitio extraordinario donde había de todo. Todos los quesos del mundo, todas las frutas, todas las verduras, todas las bebidas, todo, todo, no se puede querer nada más. Además, el lugar tenía un patio de comidas amplio y confortable e internet gratis. Estuvimos un rato largo y F sacó fotos hasta que alguien vino a decirle que estaba prohibido. La pregunta que surge inmediatamente es si uno quiere tener tantas cosas. Obviamente, la primera respuesta es que sí. F le decía a Q qué bueno sería tener todo eso en San Clemente. Pero, inmediatamente, se respondió lo contrario. Que si tuviera todas esas cosas, entonces San Clemente dejaría de ser San Clemente y se convertiría en un lugar imposible en donde hay que pagar 4000 dólares de alquiler, como pagan Bruni y Kent que viven casi en Harlem. Así que F y Q decidieron que preferían tener menos cosas y vivir con menos exigencias económicas. Acá, al menos la gente que vimos, está enloquecida juntando el mango. Todos, desde los amigos argentinos hasta los gringos. Unos ganan mucho, los otros poco. Pero todos viven pensando en la plata. Una mucama cobra 35 dólares por hora. Hernán Iglesias contrata una empleada doméstica una vez cada quince días que viene dos horas. Todo es self service si uno se mueve en el ambiente de clase media. F y Q ya están hartos de hacer cola para tomar un té o una sopa. Extrañan que vengan los mozos a la mesa. ¿Estos dos viajeros serán demasiado vagos para una ciudad tan espartana (en realidad espartana y romana al mismo tiempo) como Nueva York? No entienden bien por qué pero ya se quieren volver a casa. Les parece que residir en el centro del mundo es una monstruosidad que lleva a una vida totalmente enajenada. Cuanto más recorren Manhattan, más extrañan el Partido de la Costa.

     

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    Pero sigamos con el paseo. Después de la pausa en el mercado, espiamos Katz, el deli donde Meg Ryan tuvo el famoso orgasmo en cuando Harry conoció a Sally. No comimos nada porque Q todavía no había digerido el sandwich de pastrami. El objetivo siguiente era llegar a un restaurant de dim sum en Chinatown, llamado The Mandarin, que según otra guía era bueno y barato. Caminamos lentamente, recorrimos Little Italy que poco tiene que ver con lo que uno recuerda de las películas de Scorsese. Ahora todo es como Palermo Rúcula. Salimos de Little Italy por la calle Mott y aparecimos en Chinatown. Casi no había blancos. Era como haber cruzado la frontera China. A F le asustó un poco la ausencia de otras etnias. Solo había orientales. Eran las 6 de la tarde pero parecía las 11 de la noche. Ahora sí que F y Q tenían hambre. Llegaron al Mandarin y comieron dim sum de cerdo, de berenjenas con salsa de ostras, de camarones y también pidieron sticky rice con pollo. La cena fue deliciosa y barata. Por 27 dólares comieron hasta saciarse. En realidad, Q comió demasiado y quedó arruinado toda la noche.

     

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    Mientras F editaba las fotos del día Q, cumpliendo las órdenes de Dedalus, se fue a revisitar el Times Warner Building y volvió enojado y confirmando que no le gustaba nada. Y no solo porque le agarró idea a Dedalus: F coincide aunque no comió el sandwich de pastrami. Si bien las tiendas son más lujosas que las del Alto Palermo, la idea es la misma. Es kitsch y abigarrado. El patio de comidas, aunque tiene toda la oferta alimenticia del mundo, es un subsuelo siniestro. Pero también es cierto que el nuevo complejo le dio vida y prestancia al viejo Columbus Circle, que, hace diez años, era un lugar donde no pasaba nada. Hoy F leía en la guía de Lonely Planet Nueva York que los neoyorquinos en su mayoría comen apresurados, de pie y tragan un sandwich o un trozo de pizza lo más rápido posible para poder seguir trabajando. En la guía se preguntaban si eso era relajado y se contestaban que no, pero que era lo normal. Difícil sentirse en casa en una ciudad que se parece demasiado a sí misma, en la que cada detalle confirma lo que uno ya ha visto en una película.

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    Postal 6

    por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    Estamos en JFK esperando para tomar el avión que ya sabemos que va a salir retrasado. Aprovechamos para saludarlos y mostrarles un par de fotos más de la renovada Columbus Circle.

     

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    Hoy recorrimos la 5ta. Avenida desde el Central Park hasta la calle 23. Después nos encontramos con Dedalus. Fue una experiencia de la que hablaremos en nuestra próxima postal junto con las meditaciones finales sobre el viaje Rolex. La seguimos en Buenos Aires.

     

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    Postal 7 

    por Flavia y Quintín

    Queridos amigos:

    Es imposible hablar de NY sin volver una y otra vez al dinero. Hace unos años, la ciudad tenía otros rasgos en primer plano para el turista: los homeless, los marginales, los junkies, la suciedad las calles peligrosas, el subte amenazante. Esa imagen fue cambiando con el tiempo hasta que la represión y una enorme inversión privada le cambiaron la cara a la ciudad. Casi no hay crimen en Manhattan, los subtes están limpios, los marginales han sido barridos debajo de la alfombra, los guetos han retrocedido y la mayoría de los barrios bajos se ha gentrificado. Todo ha aumentado exponencialmente de precio (especialmente la propiedad horizontal) y el emblema de la ciudad no es más la manzana sino el dólar. En NY los cajeros automáticos no solo están en los bancos, sino en cada deli, en cada café, en cada tienda. Y la gente parece concentrada exclusivamente en ganar y gastar, pero también en acumular privilegios y sufrir humillaciones.

     

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    El Times Warner Center

     

     

    A veces, parecería que debajo de la capa de autómatas dedicados al consumo y la exacción, hay otra ciudad que se asoma por los intersticios y que se conecta con la historia de modos impensables. No estamos hablando de las múltiples manifestaciones culturales o académicas sino de cuestiones más espontáneas. Un día, Q volvía en subte de comprar unos libros usados en Strand, la mítica librería de Brodway y la calle 12, cuando al llegar a la estación del subte de la 59, oyó que arriba alguien cantaba doo-wop. Efectivamente, en el entrepiso de la estación había seis negros muy viejos que parecían estar ensayando para el revival de un viejo grupo musical. No estaban pidiendo y nadie les prestaba atención, pero los tipos cantaban muy bien, como si alguna vez hubieran sido profesionales. Q se quedó escuchando hasta que le dio vergüenza ser el único que estaba parado ahí presenciando esa alucinación, la voz de otra música y de una historia fantasma.

     

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    Eso venía pensando Q, pero al llegar al hotel, otra escena lo devolvió a la realidad. Cuando estaba por tomar el ascensor, un guardaespalda lo detuvo y le impidió subir diciéndole que estaba reservado. Detrás llegaron otros huéspedes del hotel y a todos se les impidió el paso. Estamos hablando de gente que pagaba tal vez 700 dólares diarios por la habitación y, sin embargo, un tipo les ponía una mano en la cara y les mostraba que había gente mucho más importante que ellos. Se formó así un corrillo con los que querían ver quién era el personaje que tenía derecho a un ascensor propio. Un momento después llegaron tres guardaespaldas más y armaron una calle para que el personaje no fuera interceptado en el camino. Finalmente, apareció una vieja, una vieja muy fea (¿la dueña del hotel, una millonaria anónima, Greta Garbo, quién sabe?) acompañada de dos secretarias y otros dos guardaespaldas y se metió en el ascensor ante la mirada atónita de Q. Cuando llegó a la habitación, reanudó entonces la eterna discusión con F sobre el estatuto del hotel. F le repetía que estaba loco, que nunca habían estado alojados en un lugar semejante y que los amigos neoyorquinos les decían que estar seis días en un hotel frente al Central Park era un sueño hecho realidad. Pero Q se obstinaba en que ese hotel no respetaba a sus huéspedes y que, por lo tanto, era poco más que una pocilga. Y que, además, los VIP de Rolex (como Saura, por ejemplo) se alojaron en el Mandarin y no ahí. Y que en toda la planta baja no había un baño salvo dentro del restaurante.

     

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    Por eso fue tan interesante la reunión con Dedalus, que abriría otra perspectiva en la discusión. El viernes, tras una larga caminata por la quinta avenida, F y Q llegaron al local de Apple que les habían recomendado. Allí adquirieron una grabadora de DVD para usar con su laptop, cuyo drive interno solo permite reproducir. Por 150 dólares entraron en el mundo del Pando y el e-mule al que el amigo Arroba los insta a afiliarse desde hace dos años. Su última treta para tentarlos fue mandarles la dirección del último film de Pere Portabella. Y allí Q dijo: “No queda otra.”

     

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    Llegaron justo a la cita con Dedalus frente a la horrenda estatua del Botero en el hall del Time Warner Center. D llegó tres minutos más tarde y, rápidamente, dio a conocer su identidad como un joven arquitecto que en ese momento trabajaba en la remodelación de un departamento en una de las torres de ese mismo edificio. Allí se encaminaron inmediatamente para ver la obra. No era cualquier departamento, sino un duplex de 650 metros cuadrados sobre el Central Park en el piso 76 con paredes de vidrio, un gigantesco balcón terraza que parecía de un edificio público (el único de todo el complejo con balcón) y una vista increíble de Manhattan. El bulín costaba en ese momento 120 millones, la remodelación 12 y las expensas mensuales eran de 40.000 dólares. El estudio de Dedalus (al parecer un socio menor de otro arquitecto) había obtenido el contrato mediante la presentación de un proyecto de 500 páginas y se dedicaba a rehacerlo entero, desde el piso al techo, tratando de que los Picassos lucieran en la pared, de que los 16 televisores quedaran disimulados y que la vista desde la bañadera al parque fuera óptima. No era cualquier bañadera tampoco, sino que la piedra provenía de Italia, donde D fue a buscarla especialmente enviado por el dueño (nadie famoso, sino simplemente uno de los cientos de millonarios que tienen departamentos en esas torres) en un vuelo de primera clase. Y así con cada detalle de la construcción. F y Q no sabían si asombrarse más del lujo, de la vista o de las treinta personas que trabajaban a todo trapo en el último mes de obras con las que culminaba un proyecto de tres años. La empresa constructora estaba apurada (aterrorizada). Por cada día extra de demora debían abonar una suma de 15.000 dólares de multa.

     

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    Q y Dedalus en la terraza del TWC

     

     

    Toda la gente que en esos momentos instalaba cables, maderas, caños y alfombras era muy profesional y todos tenían tremendo aspecto de inteligentes. Ninguno era americano. Todos formaban parte del ejército de ocupantes de NY dispuestos a sobrevivir y salir adelante. En ese momento, otros veinte equipos redecoraban otros tantos departamentos en las torres como parte de los incesantes trabajos de construcción y remodelación de la ciudad. Los dueños, nos explicaba Dedalus, a veces se quejaban un poco de tener que compartir la entrada del edificio con los huéspedes del Mandarin Oriental, como por ejemplo Chirac y su comitiva en la última visita oficial del ex presidente francés. F y Q habían tenido acceso a un mundo que resulta incluso difícil de imaginar: el de las entrañas del lujo y la riqueza, el de el derroche de dinero, talento y esfuerzo hasta límites inimaginables. Y el de la colosal, inmensa fuerza de trabajo detrás de las modernas pirámides neoyorquinas. La discusión sobre el hotel quedaba zanjada, pensó Q: el dueño de ese departamento jamás pisaría el Essex. Pero F no está de acuerdo. No puede dejar de ser una argentina de clase media. Qué es el lujo para el dueño del departamento del piso 76 de WTC es otro asunto. Así que F también da por terminada la discusión. La Essex House es un hotel de super lujo. El lujo es siempre relativo, sentencia F. Y, aunque Q crea lo contrario, es imposible meterse en la piel de alguien que tiene en su haber cientos de miles de millones dólares. Uno cree poder imaginarlo, pero no es verdaderamente posible. No son gente como uno. Nos comentaba Dedalus que, probablemente, el dueño del departamento y su mujer (una pareja de 65 años), se mudarán al cabo de un año y comenzarán la tarea de remodelar otra casa. Qué aburrido, pensó F. Tanto esfuerzo, hasta los millonarios trabajan duro en esta ciudad.

     

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    Columbus Circle desde el TWC

     

     

    Se habla siempre de la energía de NY que hace parecer provinciana a cualquier otra ciudad del mundo. Pero la energía es el ruido de la lucha por la supervivencia, de la tensión por hacer buena letra y atrapar un poco del dinero que cae desde esos gigantescos edificios y colosales bolsillos. Eso vale para todos, para el profesional egresado de Harvard y para el empleado del hotel al que Q le preguntó cómo hacía para trabajar (escribir, por ejemplo) con unos absurdos guantes blancos (parte obligatoria del uniforme). El dominicano contestó filosófico: “Hay circunstancias de la vida a las que uno tiene que adaptarse.” Luego de la visita al dúplex del TWC, F, Q y D intentaron tomar un café. Pero no estaban en Viena: fracasaron al primer intento en el repleto Bouchon en el TWC, luego consiguieron media mesa en la librería Borders. Allí degustaron la torta que D les había dejado en el hotel y Q se volcó el café en el pantalón (le echó la culpa a la falta de lugar, pero en San Clemente también le pasa). Finalmente, buscando un sitio más tranquilo, terminaron en Starbuck, donde sirven medio dedo de café en un vaso de cartón de treinta centímetros de alto. Todo no se puede: las bañaderas con vista el Central Park son incompatibles con los cafés confortables. En Manhattan, el espacio es para los millonarios. Y el tiempo también. Q se preguntaba cómo hacía la gente para leer el diario y qué sentido le podía encontrar a esa actividad. En esta ciudad no se puede pensar, decía Q a cada rato, mientras extrañaba al mozo cascarrabias del Cheroga donde practica sus meditaciones matinales.

     

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    La charla con D fue agradable e instructiva. Una experiencia inolvidable para cerrar la semana neoyorquina. Finalmente, todo estaba pago en el hotel y hasta Bree, una de las chicas Rolex, les consiguió a F y Q un remise al aeropuerto. Pobre Bree, encantadora y entusiasta. No tuvo mejor idea que preguntarle a Q qué le había parecido la cena. Y el animal le contestó que había sido insoportable. Pero finalmente, para arreglarla, terminó diciendo: “todo fue un milagro y Rolex lo hizo posible”.

     

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    Fuente: La lectora provisoria

     

     

    Una respuesta

    1. Los invitamos a visitar nuestro facebook: barcheroga@hotmail.com
      Cariños
      ELENA

    Responder

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