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  • Solanas y la ideología argentina

    Anatomía de una falacia

    por Tomás Abraham

    La película de Pino Solanas La Argentina latente pretende mostrar una epopeya patriótica que grupos cipayos han traicionado frustrando una voluntad emancipadora. Y es cierto lo que muestra. La identificación que hace entre la idea de nación y la de Estado no sólo nos da un Estado nacional sino la misma idea de patria forjada por los pioneros de nuestra historia.

     

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    La película presenta la gesta de los obreros y gerentes del astillero Río Santiago, que resistieron con uñas y dientes el proceso de privatización, y mediante una red solidaria pudieron protegerla de intereses espurios hasta hacerla funcionar con éxito. Su personal recuerda a sus víctimas en los años del terrorismo de estado.

    También recorre la historia del Centro Nacional de Energía Atómica, de su desmantelamiento –sin decir que su auge estuvo enmarcado por iniciativa de la dictadura militar y que su paralización se inició con Alfonsín y terminó con Menem–, muestra los centros científicos de Bariloche, el instituto Balseiro, en donde los investigadores narran la gesta heroica que debieron llevar para seguir adelante con su obra pese a un Estado ausente.

    A pesar de todo lo ocurrido, el testimonio de sus protagonistas nos infunde legítimas esperanzas Hay un “aún se puede” gracias a la calidad de la gente que tiene el país, y a las riquezas naturales inexploradas agregadas a las entregadas a los intereses de las corporaciones internacionales.

    Se rememora a Savio, Mosconi, Perón, a todos los que crearon las megaempresas de la infraestructura argentina, a los inventos nacionales en materia automotriz, en la aviación, todos proyectos parados y sus fábricas vaciadas por una actitud filistea e indiferente a nuestros intereses como nación.

    Todo eso es cierto, y falso. Michel Foucault en su curso sobre biopolítica, dice que es un malentendido creer que durante el Tercer Reich, Alemania construye un Estado Gigante que aplasta a la sociedad. Por el contrario, sostiene que con Hitler se destruye el Estado bismarckiano que durante cincuenta años pivoteó la unidad alemana y sentó las bases de un Estado Benefactor con la promulgación de las leyes laborales y sociales. Lo destruye sometiendo sus engranajes institucionales al Partido Nazi. Es la nueva realidad del Partido Único en una sociedad capitalista la que provoca el derrumbe de un Estado que disimula su futuro desmoronamiento con el despropósito de su injerencia en la vida civil y la exhibición de su poder militar.

    Cuando un Estado es inundado por un partido o movimiento político pierde su capacidad de gestión, sus exigencias internas, su fuerza política, su autonomía relativa, y se convierte en satélite de los vaivenes coyunturales a la vez que propiedad corporativa del personal gubernamental de turno.

    Tiene razón Solanas al recordar el espíritu suicidario y la corrupción de quienes entregaron las llaves de proyectos buenos para el país, pero el hecho no se debió a la traición de mentes desalmadas ni a los artilugios de gringos codiciosos que se quedaron con todo.

    La historia económica de la humanidad, y no sólo del capitalismo, nos muestra la lucha no sólo de clases sino de unidades étnicas, dinásticas y nacionales por la apropiación de riquezas y de la plusvalía. No es una historia de buenos y malos, sino de conflictos con suerte variada. No siempre los que están se quedan, ni los débiles hoy dejan de fortalecerse mañana. Esta lucha es tensa y no fatal. No toda apertura de las fronteras a inversiones extranjeras corrompe a la clase dirigente ni la protección de lo nuestro deja de favorecer el latrocinio local.

    Peronismo, radicalismo y Fuerzas Armadas usaron el Estado como botín político. Lo destruyeron. Lo hicieron galpón nepotista, caja privada, hasta organización criminal. Tulio Halperín Donghi habla de la eficiencia temible de la política fiscal del Estado hasta finales de los años treinta. Fiscalización que nosotros desconocemos, de la que ni tenemos memoria. Es parte de nuestro paisaje familiar la falta de control en la gestión no sólo respecto de las corporaciones empresarias, sino de los gremios y del propio aparato de Estado. Hoy en día hemos presenciado el encubrimiento caricatural del dispositivo estatal con la mujer de De Vido en los controles, o el inesperado anuncio de la nueva función del hermano de Scioli en una secretaría considerada vital en la Provincia de Buenos Aires. Estas son muestras del modo en que se rige y controla el dinero público en la Argentina.

    Es cierto que sectores clave del país pueden estar en manos del Estado como aquellos que se consideran estratégicamente importantes. También pueden estar en manos privadas, o en concesiones de entidades mixtas, siempre que funcionen las instituciones republicanas y los organismos del Estado.

    La separación de funciones, la descentralización, y el mutuo control entre los poderes del Estado, impiden que grupos y alianzas compactas sean más fuertes en un país cada vez más débil y pasivo. Salvo que se llegue al postulado de que las instituciones republicanas no sirven para países con economía dependiente y ubicación periférica. Puede ser que sea así, digámoslo entonces, y como en la época en que se declaraba nuestra Independencia en Tucumán, emulemos a los que buscaban a un Monarca que nos gobierne, un Papá con ubres de las que chuparemos todos, que se parecerá, lo más probable, a un monigote engreído semejante al Rey Ubú.

    Luego está el melodrama de Solanas, su falso romanticismo, que es el de creer que el sentido de la vida depende de si trabajamos para una empresa pública que él define como una propiedad en manos del pueblo, y el sinsentido mercantilizado de la existencia que atribuye al hecho de trabajar para una empresa privada.

    El fenómeno del despotismo burocrático de los países totalitarios es uno de los más importantes del siglo XX. Medio planeta con su fuerza de trabajo sometida a un sistema político en manos del partido del proletariado y un dispositivo educativo que infunde una cultura de la igualdad y la justicia, han mostrado su otra cara.

    El ideal político dominante de esos gobiernos populares pregonaba que todo el mundo será considerado igual, menos los jerarcas del Partido o del Movimiento, una cofradía universal que deberá tener la boca bien cerrada y espíritu sedentario ya que por disposición y represión estatal jamás saldrá de su territorio. Un pueblo unido en la censura a la vez que decorado por una cultura sonriente de escritores, científicos, artistas, cineastas, privilegiados y homenajeados, la coral lírica del sistema, que silencia a los otros, a los disidentes, fusilados o encarcelados.

    La gesta de las fábricas recuperadas mostradas por Solanas es un signo de lucha y de no resignación ante el abandono del Estado y el despojo de fuerzas poderosas. Pero usar este fenómeno para hacerlo modelo de sociedad es tan falso como el que predican los ingentes folletines corporativos que nos muestran a los empleados de megaempresas disfrutando de sus bonus a la excelencia en playas del Caribe.

    La sociedad es más vasta que el Estado, está compuesta por empresarios y emprendedores, cuentapropistas y empleados, profesionales y amas de casa. Un pueblo no es igual a Estado ni igual a Nación, sino a una sociedad civil heterogénea que no es una hermandad por obra y voluntad de un decreto moral establecido por algún puritano desocupado. No hay gran diferencia entre la prédica del contrato moral de Elisa Carrió y el pueblo misionero adoctrinado por el Estado del que habla Solanas.

    Estado sí, con responsabilidades indelegables, eficaz y confiable, para que no dominen los dos recursos del poder contra los que se inventó la democracia: las armas y el dinero.

    Foto: Cora Burgin (Serie Botánico de Barcelona)

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