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    Sobre los nuevos peronistas

    por Quintín … De la Lectora Provisoria

    Cada vez que Tomás nos manda una nota de Dante Palma, me enfurezco de antemano. Tengo poca estima por su prosa y sus argumentos me parecen torpes y falaces. Después de leer lo que escribe Palma, siempre propongo no publicarlo, pero Tomás retruca que yo soy un fanático antikirchnerista y no tolero el disenso. Así que, al final, Palma se sale con la suya y escribe en LLP.

    Esta vez no fue la excepción. Palma elabora uno de sus desdichados sofismas, incluso un poco menos ingenioso (si cabe) que los anteriores. El objetivo es atacar a Elisa Carrió unos días después de que con argumentos muy bajos lo hiciera el Jefe de Gabinete Alberto Fernández. Palma repite con mínimas variantes las calumnias de Fernández para probar que el “contrato moral” que Carrió invoca como eslogan electoral queda invalidado porque la fundadora del ARI miente sobre su patrimonio. Palma no tiene prueba alguna de lo que dice, salvo una presunción vaga y caprichosa:

    parece poco creíble que una profesional, que a su vez posee un apellido de gran prestigio en el ámbito del Derecho, y que lleva al menos 15 años en la política prácticamente no tenga patrimonio.

    Después de este verdadero salto al vacío conceptual, Palma inicia una voltereta lógica que culmina en la afirmación de que no es bueno que los ciudadanos se preocupen por las mentiras de sus dirigentes y que la honestidad de los candidatos no debería influir a la hora de decidir el voto. Ese es, a grandes rasgos, el último opus de Palma para LLP. El autor se permite, además, algunas descalificaciones al paso contra los que reclaman alguna moralidad en los actos públicos.

    siguiendo la tendencia de algunos espiritualistas públicos afirmamos que alcanza con ser buenos ciudadanos y generar comunidades bloggers con pseudónimos para cambiar el mundo

    Las razones de Palma están muy cerca del “roban pero hacen”. O, mejor, de sus reformulaciones más contemporáneas. Es que en los últimos tiempos, muchos jóvenes académicos vienen entrenándose en el arte de defender al gobierno como si aspiraran a integrar sus filas (en algunos casos ya lo hacen) o a ser incorporados a uno de los medios financiados por los funcionarios K. Palma es uno de ellos, aunque probablemente uno de los menos inspirados. A veces me pregunto de dónde sale esa particular vocación por la alcahuetería, por apoyar justamente los aspectos más endebles de la gestión de gobierno: la corrupción por un lado, los viles ataques a los opositores por el otro.

     

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    El problema es que entre muchos de nuestros intelectuales y universitarios, el tono de la discusión política se acerca demasiado al macartismo o a su equivalente, la descalificación estalinista. Todo está permitido para dejar en claro quiénes están en un bando y quiénes en otro. Eso provoca situaciones engorrosas. Atacar a Carrió, por ejemplo, es casi un acto patriótico para la gente decente y progresista. Defenderla es motivo de censura ideológica: uno es un gorila, un reaccionario, prácticamente un nazi. Ni hablemos de votarla. Alguna vez me cayó bien Carrió. Pero hoy, que cada vez me despierta menos simpatías, me encuentro obligado a indignarme contra los Fernández y los Palma a los que la impunidad del poder en un caso y el consenso dentro de su cátedra, de su facultad o de su grupo ideológico les permite deformar la verdad sin que nadie les reclame nada, acusar sin pruebas, condenar por presunciones, vociferar sin reparos.

    Pero el verdadero problema es que Palma es apenas un ejemplo de algo que va siendo ya tendencia: la polarización que impulsan algunas cátedras, algunos blogs, algunos medios periodísticos. No son muchos los participantes, pero su influencia es importante. Dicen que hay lugares del país donde no hay oficialistas. Me da la impresión de que en ciertos ambientes intelectuales no hay opositores. (Haga el lector el esfuerzo de encontrar un lugar en la web donde se defienda a Carrió de las acusaciones de Fernández). En esos lugares se practica un kirchnerismo cada vez menos vergonzante y se asume que lo que signa este momento histórico de la Argentina es la vuelta del peronismo y la renovada lucha contra los gorilas. Para dar un solo ejemplo, vale la pena darse una vuelta por La contrarreforma, una revista online (y también un blog) que se afirma como de “crítica cultural y rosca política”, producida por el grupo “Ni Peronismo Acrítico Ni Antiperonismo Colonialista” y que dedica su segundo número al peronismo, a su retorno político y literario. Aunque allí se asume que los peronistas de hoy nacieron cuando ya el peronismo tradicional era historia,

    el peronismo, como discurso y como mecanismo enunciativo, parece hoy por hoy mostrarse fuertemente interpelativo, aún capaz de definir estrategias, identidades y adscripciones políticas y culturales.

    Es muy interesante recorrer esta página y enterarse, por ejemplo, de que hay “escritores peronistas” que podrían ser los bisnietos de Marechal o los nietos de Leónidas Lamborghini (entre ellos, hasta uno interesante: Carlos Godoy) y que este es (o será) el tema de onda en las facultades y los circuitos del pensamiento. Para resumir lo que ocurre, es bueno reproducir un párrafo de Juan Terranova que inspira el sumario de La contrarreforma:

    La pregunta hoy es quién llevará a cabo la actualización doctrinaria del peronismo, quién va a poner, por lo menos de palabra, la bestia al día. Porque mientras esto no suceda, seguimos derivando, más o menos bien si cierran los números, con revueltas y tiros si no cierran. Porque el síntoma es claro: la sociedad en todo caso va hacia una polarización. Mejor dicho vuelve a una polarización. En el monótono, muy peligroso y ridículo menemismo todo era más o menos la misma historia. Fair is foul and foul is fair. Pero con Kirchner es diferente. Asomaron los gorilas viejos, otros se reciclaron, y también se criaron o se van criando los nuevos, mientras las torres del peronismo se llenan de disfrazados. Y eso se va a ir modificando en el sentido de que se va a ir acentuando. Simplemente porque la política argentina es así. Si se acorta la brecha del desempleo, desafío lo suficientemente complejo como para tenernos bien ocupados por veinte años, vamos a volver a tener una sociedad polarizada alrededor de los mitos del peronismo. Y ahí te quiero ver, porque blanco sobre negro van a reaparecer aquellos que están con los trabajadores y aquellos que no lo están por motivos tan disímiles como la elegancia, el capital, la tradición o leer a Marx.

    Toda una profecía del eterno retorno. En el discurso de Terranova hay ecos de lo más retrógrado del peronismo, que es la idea de la doctrina y hasta asoma el viejo “ni yanquis ni marxistas”. Pero el asunto es rabiosamente intelectual. Dice Godoy: “soy rizomáticamente peronista”, agregándole una nueva modalidad de militantes a las de combativos y contemplativos, ortodoxos y heterodoxos que enumeraba el General. De todos modos, la idea de Terranova está clara: se viene una tremenda y en algún momento se verá quién está con los trabajadores y quién con los cipayos. Para eso hay que irse preparando, actualizando la doctrina.

    Todo esto suena un tanto tremebundo y hasta el kirchnerismo de Palma aparece como más moderado (no hay que olvidar que el contexto de Letras es mucho más radical que el de Sociales). Esta es una apuesta de máxima en donde el kirchnerismo figura incluso en un papel secundario. Pero, en el fondo, es de kirchnerismo de lo que se trata. “Kirchnerismo crítico”, se pretende. Pero no hay tal cosa, porque el kirchnerismo no es una idea ni una corriente del pensamiento como podría ser el marxismo (el peronismo o el populismo, si me apuran). O se está con K o no. El trabajo intelectual que emprenden los blogs, las cátedras y las revistas ligadas al gobierno es el de alimentar la fantástica ilusión de que en la Argentina hay una transformación de gran escala en marcha cuyo eje será el gobierno de CFK. Y que esa transformación va orientada a redistribuir el ingreso y a favorecer a los que menos tienen. Una vez asumida esa ficción, resulta legítima toda descalificación a los opositores y, sobre todo, un silencio organizado sobre la torpeza, la corrupción, el autoritarismo y el estancamiento que caracterizan al gobierno K.

    De ese modo, quienes creemos lo contrario, es decir que una mejora de la macroeconomía y su consiguiente (aunque homeopático) derrame sobre las fortunas individuales de los argentinos se ha logrado a pesar de los malos hábitos del gobierno y que del futuro cabe esperar más de lo mismo en materia de desaciertos y mentiras, hemos pasado a desempeñar el viejo papel de cipayos y gorilas, vendepatrias y burgueses, preocupados por las prácticas democráticas y republicanas a espaldas del pueblo que no cree en esas mariconadas sino en la palabra de sus líderes.

    Ahora bien, da la casualidad de que el hegelianismo de Cristina Kirchner es más apreciado en la Biblioteca Nacional que en la Villa 31, que el matrimonio gobernante es más popular (más allá del voto) en Puán que en Monte Grande. Tengo una hipótesis un poco maligna para estas simpatías doctrinarias. Si hay un sector que se ha beneficiado con la administración K ha sido el de los investigadores y los docentes universitarios. Eso sumado a una mejora global de los salarios, a una caída de la desocupación en la clase media y a un acceso frecuente a los pasillos del poder hace que la situación económica y el estatus social de estos nuevos peronistas hayan crecido significativamente. Es cierto que siempre fue una práctica sana votar con el bolsillo, pero tampoco es cuestión de fanatismos. Quiero decir: Perón era brillante y seductor, Evita era valiente y carismática, la Argentina era un país nuevo, una verdadera democracia nacía y el proletariado progresaba. En el 45, pero también en la Resistencia y hasta en el 72, ser peronista era una aventura del pensamiento, un riesgo intelectual que acaso valiera la pena correr. En el 2007, cuando el mundo ha avanzado a un estadio diferente, cuando se sabe que la gente la pasó (y la sigue pasando) mal en los lugares donde los gobiernos duran mucho tiempo, ¿qué sentido tiene, qué emoción produce, qué alegría provoca convertirse en seguidor y en obsecuente del desabrido par de palurdos patagónicos que nos preside?

    Foto: Flavia de la Fuente

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